Este es el clamor de una abuela que llega a la madrugada al dispensario farmaceútico con la esperanza de reclamar sus medicamentos.


Son las 4:00 de la mañana del viernes 21 de agosto y el frío cala hasta los huesos. En el barrio Bolívar, las siluetas se recortan contra la penumbra: son abuelos, abuelas, pacientes con enfermedades crónicas, hijos que cargan la esperanza ajena, esperanza de vida para sus seres queridos. Llegaron antes del amanecer, mucho antes de que el dispensario de Mennar abriera sus puertas, porque saben que si no madrugan, el medicamento que los mantiene vivos podría esfumarse en un papel con la palabra indeseada: «pendiente».
Entre las voces cansadas, se alza la de una mujer mayor, de una ciudadana que ayudó a construir una país, una ciudad. Su testimonio, recogido en plena fila, es el reflejo de una batalla diaria que libran cientos de personas en la capital del Cauca que no están recibiendo los medicamentos de Mennar.
«Buenos días, caballero. En este momento hemos llegado no solamente mi persona, sino varias personas que necesitamos las medicinas para poder seguir viviendo», dice, con una dignidad que conmueve. «Estamos enfrentando una situación difícil, pero no imposible, porque nosotros trabajamos toda nuestra juventud para lograr este medio y esta pensión», relata la mujer, con varios sacos encima, tapabocas, enferma pero ahí, luchando en esa fila.
La mujer hace una pausa. Sus palabras no son un lamento, son una exigencia. Habla por ella y por todos los que, como ella, dependen de fármacos para controlar la presión, la diabetes, el dolor, la ansiedad. Por los que no tienen opción.
«Esperamos, Padre Dios Todopoderoso, que nos den las medicinas que necesitamos cada uno de nosotros, porque cuando uno llega a una edad ya necesita ayudarse con medicamentos», continúa, con la mirada fija en la cámara y el alma puesta en cada palabra.
Entonces, denuncia lo que muchos callan en una ciudad que si vive una crisis sanitaria: «Esperamos que nos puedan atender bien y nos puedan suministrar todos los medicamentos, y no quedar pendientes. Porque los pendientes nada pasa, pero se lo reciben y lo hacen como entregado. Y así no es. Las cosas tienen que ser muy correctas, porque todos llegamos a esta edad. Nadie ha comprado la píldora de la juventud».
Su voz se quiebra, pero no de tristeza: de rabia contenida. Es la rabia de quien ha sido testigo de cómo un sistema deshumaniza a los más vulnerables. De cómo una tirilla marcada como «pendiente» puede convertirse en una sentencia de silencio.
«Con la ayuda de Dios sabemos que todo esto va a cambiar», finaliza, como si la fe fuera el último recurso ante la indiferencia.
A su alrededor, la escena es desoladora. Decenas de adultos mayores, algunos con bastón, otros acompañados por familiares que no pudieron dejarlos solos, esperan contra el frío y la inseguridad. El sector del barrio Bolívar no es precisamente seguro, pero ellos no tienen alternativa. Necesitan sus medicinas.
«Llegamos desde antes de las 4:00 de la mañana con esa esperanza de reclamar un medicamento para llevar una vida un poco más digna», relata el periodista y usuario Francisco Calderón, quien documenta el drama mientras su propia madre también espera en la fila.
Mientras tanto, una vendedora informal ofrece tintos y café. Es lo único que alivia la espera, lo único que llega sin demoras.
Un informe que clama por humanidad
Este es el retrato de una mañana cualquiera en los dispensarios de Mennar en Popayán. Un retrato que se repite día tras día, semana tras semana, con la misma incertidumbre: ¿habrá medicamentos hoy?
El clamor de esta abuela no es un caso aislado. Es la voz de cientos de adultos mayores que madrugan, desafían el frío, la inseguridad y la burocracia, para regresar a casa con un frasco de pastillas que puede significar un mes más de vida.
El informe ya está en manos de las autoridades. La pregunta es si tendrán la humanidad suficiente para responder.
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