En medio del avance de discursos reaccionarios que ganan espacio entre las jóvenes, el legado de Gloria Steinem recuerda la importancia de hacer del activismo una causa visible, atractiva y masiva dentro de una batalla cultural que continúa vigente.
La fundadora de Ms. abrió espacio en la prensa estadounidense para debates sobre violencia doméstica, acoso sexual, derechos reproductivos y justicia social. Su legado marcó a generaciones de periodistas feministas.
Antes de que Gloria Steinem irrumpiera en el periodismo estadounidense, términos como “violencia doméstica” o “acoso sexual” no ocupaban el lugar que hoy tienen en la conversación pública. Eran realidades extendidas, pero todavía poco nombradas en los medios, en la política y en la vida cotidiana de millones de mujeres. Su trabajo ayudó a cambiar eso.
La periodista, escritora y activista fue una de las figuras más visibles de la segunda ola del feminismo en Estados Unidos. Desde la fundación de la revista Ms., en 1972, Steinem impulsó una manera distinta de hablarles a las mujeres y, sobre todo, de hablar sobre ellas. La publicación no nació para repetir los consejos tradicionales de belleza, matrimonio o vida doméstica que dominaban las revistas femeninas de la época, sino para poner en el centro los derechos, la autonomía y las desigualdades que atravesaban la experiencia de ser mujer.
Con Ms., el feminismo entró en los quioscos, en las casas y en las discusiones nacionales. La revista logró convertir en temas de interés masivo asuntos que hasta entonces eran tratados como problemas privados o marginales. Derechos reproductivos, discriminación laboral, violencia machista, maternidad, sexualidad, racismo, representación política y justicia social formaron parte de una agenda editorial que incomodó, pero también abrió caminos.
Steinem no llegó a ese lugar por casualidad. Criada en Ohio por una madre soltera, llevó desde joven una vida marcada por el movimiento constante. Nunca aprendió a conducir, pero viajó sin descanso. Antes de convertirse en una de las voces más reconocidas del feminismo, ejerció un periodismo de investigación que ya anunciaba su interés por revelar aquello que permanecía oculto.
Uno de sus trabajos más recordados fue su infiltración como conejita en un club Playboy a comienzos de los años sesenta. Desde allí documentó las condiciones laborales de las mujeres que trabajaban para el imperio de Hugh Hefner. El reportaje permitió ver, detrás del brillo y la fantasía vendida al público masculino, una estructura de explotación, control y precariedad.
Años después, esa misma capacidad para mirar donde otros medios no querían mirar se convirtió en el sello de Ms.. La revista no solo hablaba de feminismo: lo hacía de una forma accesible, directa y atractiva para una audiencia amplia. Ese fue uno de los grandes aportes de Steinem. Entendió que una causa política también necesitaba lenguaje, imagen, ritmo y capacidad de seducción para disputar la cultura.
Su figura, sin embargo, no estuvo libre de tensiones. En los años setenta, algunas teóricas y activistas cuestionaron que Steinem se convirtiera en el rostro más visible del movimiento. Su belleza, su estilo y su capacidad mediática fueron usados muchas veces para reducirla a una especie de “cara bonita” del feminismo, una etiqueta que ella rechazó de manera constante. Con el tiempo modificó incluso su forma de presentarse públicamente para evitar que su apariencia desviara la atención de sus ideas.
Pero esa exposición también fue parte de su fuerza. Steinem sabía hablar en público, sabía ocupar un escenario y sabía traducir discusiones complejas para audiencias que no necesariamente se reconocían como feministas. Cuando le preguntaban a quién iba dirigida Ms., su respuesta resumía una visión política y periodística: “Para todo el mundo”.
Esa apuesta quedó clara desde la primera portada de la revista, en la que Wonder Woman aparecía como presidenta de Estados Unidos. Un año después, Ms. llevó a su primera plana a Shirley Chisholm, la primera mujer afroamericana que buscó la candidatura presidencial en el país. En los años siguientes, la publicación dedicó ediciones a temas que estaban lejos de la agenda tradicional de las revistas femeninas: la masculinidad, las mujeres maltratadas y el acoso sexual en el trabajo.
El impacto fue profundo. Conceptos que antes circulaban en espacios activistas o académicos comenzaron a discutirse en hogares, oficinas, universidades y también en el Congreso. Ms. contribuyó a que muchas mujeres identificaran como violencia, abuso o discriminación experiencias que durante años habían sido normalizadas.
Ese avance tuvo costos. La redacción recibió amenazas de muerte, llamadas de alerta por bombas y ataques constantes de sectores conservadores que veían en la revista una amenaza al orden social. Pero las críticas también llegaron desde dentro del propio campo feminista. Varias periodistas racializadas denunciaron no sentirse suficientemente escuchadas en una redacción dominada por mujeres blancas. Trabajadoras sexuales y mujeres vinculadas a la industria pornográfica cuestionaron algunos enfoques de la publicación.
Esas tensiones forman parte de una revisión necesaria del legado de Steinem y de Ms.. El feminismo que ayudó a popularizar no siempre tuvo la mirada interseccional que hoy se exige a los movimientos sociales. Hubo omisiones, errores y debates no resueltos. Aun así, su aporte resulta difícil de negar: transformó la manera en que las mujeres podían verse reflejadas en los medios y abrió un espacio para que sus vidas fueran tratadas como asuntos políticos.
En tiempos en los que las redes sociales vuelven a imponer estándares de belleza, discursos reaccionarios y nuevas formas de domesticación bajo apariencia de libertad individual, la figura de Steinem conserva vigencia. Su trabajo recuerda que nombrar las cosas es una forma de disputar poder. También que el periodismo puede servir para iluminar lo que una sociedad prefiere mantener en silencio.
Gloria Steinem deja una huella decisiva en el feminismo y en la prensa. Para muchas periodistas, su nombre sigue asociado a una manera de ejercer el oficio: escribir contra la indiferencia, hacer visibles las desigualdades y buscar que las conversaciones incómodas lleguen más allá de los círculos convencidos.
Su legado queda en las páginas de Ms., en las palabras que ayudó a instalar y en la convicción de que los temas de las mujeres nunca fueron un nicho menor. Fueron, son y seguirán siendo asuntos centrales de la democracia.

