La polarización extrema entre el presidente izquierdista y el derechista Flávio Bolsonaro lleva a muchos ciudadanos de ese país a elegir el mal menor.


Casi 159 millones de brasileños están convocados a las presidenciales de este domingo 4 de octubre, pero en São Paulo la campaña apenas se deja ver. Con Lula y Flávio Bolsonaro más rechazados que queridos, el comicio se define entre el hartazgo, el miedo y una abstención que podría marcar la diferencia.

Este domingo, Brasil elegirá presidente en unos comicios que se presentan como los más ajustados de las últimas décadas. Sin embargo, la efervescencia electoral brilla por su ausencia en São Paulo, la ciudad más poblada del país. En la emblemática avenida Paulista, apenas unos banderines con los rostros de los candidatos recuerdan que se acerca la jornada electoral. Los paulistanos transitan entre rascacielos, oficinas y puestos ambulantes, disfrutan de un día primaveral y, al preguntarles por las elecciones, el entusiasmo se desvanece.

La explicación está en un electorado que, en su mayoría, no vota a favor de alguien, sino contra otro.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, busca un cuarto mandato al frente del Partido de los Trabajadores (PT), mientras su principal rival, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, intenta arrebatarle el poder. Ambos acumulan más imagen negativa que positiva y, aun así, dominan las encuestas en una nación escindida en dos mitades irreconciliables.

Los intentos del resto de aspirantes por ocupar ese enorme vacío han fracasado: sus intenciones de voto, sumadas, apenas rozan el 10%.

«El fenómeno de la polarización ha provocado que haya un voto de rechazo que puede imponerse por encima de lo demás», explica Esther Solano, politóloga y profesora de la Universidad Federal de São Paulo. Según la especialista, esa lógica es especialmente nítida en la derecha: «Entre los que votaron convencidos por Jair, hay quien piensa que su hijo no tiene credibilidad, que no tiene experiencia, que es un niño mimado, pero lo va a votar igual porque significa votar contra Lula».

Ese sentimiento ambivalente se refleja en voces como la de João Costa, conductor de 28 años. «Lula no puede seguir más, ya es suficiente», sentencia. Sus padres apoyaron al líder del PT en 2003, convencidos de que Brasil necesitaba un cambio; hoy le darán la espalda porque, en su opinión, representa todo lo contrario. Aunque tampoco simpatizan con Flávio, João no duda: «Sólo Flávio tiene posibilidades [de derrotar a Lula]. Es el mal menor».

Él, sin embargo, no irá a las urnas: trabajará ese día al volante. Y es que, aunque el voto es obligatorio en Brasil, la abstención puede justificarse por estar fuera del lugar de empadronamiento, como le ocurre a él, empadronado en Minas Gerais, a más de 500 kilómetros. En 2022 la abstención alcanzó el 21% y los expertos anticipan una cifra igual o superior.

El desencanto también golpea a quienes alguna vez creyeron en el proyecto petista. María y Marcia, de 21 y 22 años, votaron por Lula hace cuatro años llenas de expectativas. «Hay mucho para mejorar en Brasil, me hubiera gustado que Lula hiciera más y no veo propuestas que me ilusionen», admite María a la salida de la empresa de comunicación donde ambas consiguieron su primer empleo.

Pese a las quejas por los sueldos y el costo de vida, su voto tendrá un solo propósito: frenar la llegada de Flávio Bolsonaro al poder. «Es un peligro para la democracia, para la Amazonia, para las minorías, para las conquistas de las mujeres», sostiene María.

Buena economía, malestar cotidiano
Los números macroeconómicos acompasan el inicio del comicio: el desempleo marca un mínimo histórico del 5,3%, la inflación se mantiene controlada en 4,22% interanual y el crecimiento, aunque moderado, superó las expectativas. Pero esa calma no se siente en la vida diaria de muchos brasileños.

Mientras unos temen que un triunfo de Bolsonaro traiga recortes de gasto que agravarán la situación, otros consideran ese ajuste inevitable y critican las medidas decretadas por Lula en la recta final de la campaña: el aumento del 15% de Bolsa Familia —ayuda contra la pobreza que reciben casi 20 millones de familias— y la prohibición de las apuestas online.

Entre los fieles del presidente está Imani, afrodescendiente de 49 años: «Votaría a Lula, le estoy muy agradecida, mis hijos pudieron estudiar gracias a él». Aunque duda de que pueda sufragar: cuida a sus nietos y su centro de votación le queda lejos. Con los indecisos reducidos a cerca del 3%, cada voto y cada abstención pesarán en una elección definida por centímetros.

En el bando contrario, Antonio de Assis, empresario turístico de 65 años, no esconde su rechazo al PT: «Lula subvenciona más y más a los pobres. ¿Esto cuándo va a terminar? Les da dinero sin importarle que está creando un déficit que terminará por explotar». Llegó a considerar votar por el ultraliberal Renan Santos, pero finalmente optará por Bolsonaro hijo: «No me importa si es el más apto o no lo es, votaré al que pueda ganar a Lula».

De Assis acusa al presidente de ser «un ladrón» y «un corrupto» —su condena fue anulada— y extiende sus críticas al magistrado del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes, bajo sospecha de proteger a un banquero acusado de fraude en el caso Master. Desde su teléfono muestra un vídeo que demoniza al juez: una muestra más de cómo las redes sociales han polarizado esta campaña hasta niveles jamás vistos en Brasil.

Este domingo, las urnas dirán cuál de los dos miedos pesó más.

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