Este caso fue denunciado por las mismas comunidades de esta población del norte del departamento.
El municipio de Guachené, ubicado en el norte del departamento del Cauca, se encuentra en estado de alerta máxima tras un lunes festivo 12 de enero marcado por una violencia extrema. Este fatídico día, tres jóvenes perdieron la vida en lo que muchos consideran una masacre atribuida a las denominadas «fronteras invisibles» que delimitan el territorio rural de esta población. Lo que debió ser un tiempo de celebración y festividades populares se convirtió en un escenario de terror y luto.
Los hechos tuvieron lugar durante las fiestas del agua, celebraciones esperadas por los habitantes de la región. Sin embargo, la violencia irrumpió cuando dos jóvenes, Milton Alexis Matta Chará y Andrés Felipe Mina Vidal, fueron atacados a tiros por un grupo rival mientras intentaban unirse a la festividad. Los líderes comunitarios explicaron que ambos jóvenes eran originarios de la vereda El Guabal y que decidieron optar por un camino alternativo para evitar pasar por la vereda 5 y 6, área que es conocida por su alta conflictividad.
Trágicamente, mientras formaban parte de una caravana de motoristas, su vehículo se averió y se quedaron rezagados. Fue en este momento de vulnerabilidad cuando un grupo armado de la vereda vecino los emboscó, disparando contra ellos con fusiles. A pesar de que el ataque dejó a Milton y Andrés gravemente heridos, los agresores no se detuvieron; posteriormente, les asestaron golpes con machetes y quemaron la motocicleta que utilizaron para llegar al lugar.
La situación siguió empeorando cuando un tercer joven, preocupado por el paradero de sus amigos, se dirigió al hospital local para indagar sobre su estado. Lamentablemente, fue también blanco de un ataque, siendo asesinado en el centro médico por atacantes de la misma vereda.
Este evento ha sido considerado por muchos como una masacre, simbolizando cómo las rivalidades históricas entre veredas han escalado a niveles mortales. Los líderes sociales han denunciado que la creación de estas fronteras invisibles ha fomentado un clima de hostilidad que pone en riesgo la vida de jóvenes que solo buscan disfrutar de su tiempo libre. “Lo que ocurrió ese día no puede disfrazarse de una simple guerra de pandillas. Se trata de jóvenes que merecen oportunidades y no ser víctimas de una violencia absurda”, afirmaron.
Los testimonios de los habitantes reflejan una profunda frustración hacia las autoridades locales, quienes parecen ser incapaces de abordar esta problemática de raíz. La respuesta institucional ha sido aumentar la presencia policial en la zona, un enfoque que muchos consideran insuficiente. Los representantes sociales insisten en que no es suficiente con sumar más efectivos si no se acompaña de una inversión significativa en programas sociales y educativos que puedan ofrecer alternativas a los jóvenes.
Desde hace tiempo, las comunidades han clamado por acciones que vayan más allá de la represión y que generen un cambio real en la vida de los jóvenes. “No se trata solo de controlar el delito, sino de crear condiciones propicias para que nuestros muchachos tengan oportunidades de desarrollo personal y profesional”, subrayaron. La sensación de abandono y la falta de proyectos que ofrezcan una salida a esta juventud desorientada son evidentes.
Mientras tanto, el dolor y la indignación persisten en Guachené. Las familias de las víctimas han quedado sumidas en el duelo, y la comunidad está dividida entre el miedo y la necesidad urgente de recuperar la paz. Las fronteras invisibles no solo marcan límites geográficos, sino que también crean abismos entre quienes podrían unirse en la búsqueda de un futuro mejor.
A medida que el 2026 avanza, es imperativo que las autoridades locales reflexionen sobre la forma en que abordan estos problemas. La violencia no es solo un indicador de crisis, sino una llamada de atención que exige soluciones integrales. La historia de Guachené, marcada por la tragedia reciente, debe impulsar un debate serio sobre cómo reconstruir el tejido social y eliminar las divisiones que perpetúan el ciclo de violencia, para que futuros festivos no se vean empañados por la sangre de quienes solo deseaban celebrar la vida.

