Esta es la historia de amor entre dos seres humanos que optaron por hacer de la calle su espacio para afrontar la existencia.
En una casa sencilla de Popayán vive Diego Francisco Collazos Hernández junto a su compañera más fiel: Saori. Hace siete años llegó a su vida y desde entonces no se han separado. Entre ambos existe un vínculo silencioso que se fortalece cada día en medio de las calles del centro histórico de la capital caucana, donde Diego pasa gran parte de su tiempo.
“Yo soy su único dueño. La compré cuando tenía cuatro meses”, cuenta con tranquilidad mientras acaricia a la perrita que reposa sobre sus piernas. “Me costó dos millones de pesos y llegó por medio de un vecino. Desde entonces es el único ser que sé que me ama incondicionalmente”.
Pero la vida de Diego no siempre fue así. Durante años vivió en Bogotá, donde era dueño de varios negocios: un estudio de tatuajes, una barbería y dos mueblerías. Tenía estabilidad económica, una camioneta y una rutina tranquila. “Por eso tengo tantos tatuajes”, dice entre risas.
Todo cambió cuando decidió regresar a Popayán para cuidar a su madre, quien padecía graves problemas del corazón y los riñones. Llegó en marzo con la idea de quedarse apenas unos meses, pero su estado de salud empeoró.
“Yo la cuidaba, le lavaba la ropa y trataba de darle todo el amor posible. Llegué en marzo y mi mamá murió en noviembre”, recuerda.
La pérdida lo golpeó profundamente. Poco tiempo después sufrió un derrame cerebral que, según explica, a veces le provoca momentos de confusión. “Hay instantes en que siento que mi mamá sigue viva. Se me va la luz por momentos y tengo que quedarme quieto hasta volver”.
Mientras atravesaba ese proceso, su vida en Bogotá también se derrumbaba. La relación de pareja terminó y los negocios desaparecieron. Diego decidió no reclamar nada. “Al final solo quedaron deudas. Yo no pedí nada”.
De aquella vida quedaron pocas cosas: algunos objetos, una cuenta bancaria y Saori.
Con el tiempo también cambió su manera de ver el mundo. Antes, admite, miraba con desprecio a las personas que vivían en la calle. Hoy comparte comida con ellas en un comedor comunitario de una iglesia.
“El hambre enseña cosas que uno nunca cree que va a aprender”, dice con humildad.
Aunque pasa mucho tiempo en la calle, Diego no vive allí. Conserva la casa que en algún momento le regaló a su madre y donde ahora viven él y su perrita.
“Tenemos una casa entera para los dos”, afirma mientras Saori duerme tranquila a su lado.
El nombre de la perrita tampoco fue casualidad. Diego investigó su significado antes de elegirlo: representa un nuevo comienzo o un renacer. También lo escuchó en la serie Saint Seiya, Caballeros del Zodiaco, donde Saori es la diosa Atenea.
Siete años después, Diego está convencido de que ese nombre describe perfectamente lo que su perrita significó para él.
“Cuando ella llegó yo estaba pasando por un momento muy difícil”, dice.
Hoy, en medio del bullicio de las calles payanesas, Diego y Saori siguen caminando juntos. Para él, ella no es solo una mascota.
Es su nuevo comienzo.

