Se cumple un año más de uno de los episodios más trágicos y determinantes en la historia política de América Latina: el golpe de Estado que derrocó al presidente chileno Salvador Allende e instauró una dictadura militar que se extendería por 17 años bajo el mando del general Augusto Pinochet.
Salvador Allende, médico de profesión y líder del Partido Socialista, llegó a la presidencia de Chile en 1970 al frente de la coalición Unidad Popular, convirtiéndose en el primer mandatario marxista de la historia en llegar al poder mediante elecciones democráticas y libres en el continente americano.
Su triunfo generó gran expectativa dentro y fuera de Chile, pues representaba la posibilidad de construir un modelo de socialismo por la vía democrática, sin necesidad de una revolución armada.
Durante su gobierno, Allende impulsó profundas reformas estructurales: la nacionalización del cobre, principal recurso económico del país; la profundización de la reforma agraria; la expansión de derechos sociales y laborales; y la estatización de sectores estratégicos de la economía. Estas medidas, sin embargo, generaron una fuerte oposición de sectores empresariales, terratenientes y de la clase política conservadora, además de la abierta hostilidad del gobierno de Estados Unidos, que veía con preocupación el avance de un proyecto socialista en plena Guerra Fría.
Los tres años del gobierno de Allende estuvieron marcados por una fuerte polarización política y social. La economía chilena enfrentó dificultades como la inflación, el desabastecimiento y una intensa fuga de capitales, en parte producto de las reformas implementadas y en parte por el boicot económico externo. A esto se sumaron huelgas patronales, como el paro de los camioneros de octubre de 1972, que paralizó buena parte del país y evidenció el nivel de confrontación entre el gobierno y los sectores opositores.
En este escenario, se conoció posteriormente que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) había desarrollado operaciones encubiertas destinadas a desestabilizar al gobierno de Allende desde antes de su posesión, financiando a la oposición y apoyando iniciativas para impedir la consolidación del proyecto socialista chileno.
La madrugada del 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas de Chile, lideradas por el general Augusto Pinochet —quien apenas semanas antes había sido nombrado comandante en jefe del Ejército por el propio Allende—, se levantaron en armas contra el gobierno constitucional. Las fuerzas golpistas tomaron el control de estaciones de radio y televisión, y desplegaron tropas en las principales ciudades del país.
Salvador Allende, que se encontraba en el Palacio de La Moneda, sede del gobierno, rechazó las propuestas de asilo que le ofrecieron los militares sublevados y decidió permanecer en el palacio presidencial. Antes del bombardeo aéreo que se produciría contra La Moneda, Allende pronunció su último discurso a través de Radio Magallanes, en el que reafirmó su lealtad al pueblo chileno y a la Constitución.
Hacia el mediodía, aviones de la Fuerza Aérea de Chile bombardearon el Palacio de La Moneda. Horas después, se confirmó la muerte de Allende dentro del palacio, en circunstancias que durante años generaron debate, aunque las investigaciones oficiales posteriores concluyeron que se trató de un suicidio, hecho corroborado por peritajes forenses realizados décadas más tarde.
Tras el golpe, se instauró una Junta Militar de Gobierno encabezada por Pinochet, quien concentraría todo el poder en los años siguientes. La dictadura, que se extendió hasta 1990, se caracterizó por la persecución sistemática de opositores políticos, sindicalistas, estudiantes y militantes de izquierda. Miles de personas fueron detenidas, torturadas, asesinadas o desaparecidas en centros de detención clandestinos como el Estadio Nacional de Chile o Villa Grimaldi, mientras otros miles debieron partir al exilio.
Organismos de derechos humanos y comisiones de la verdad conformadas tras el retorno a la democracia documentaron miles de víctimas de violaciones a los derechos humanos durante el régimen militar, en uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de Chile.
El golpe de Estado contra Salvador Allende marcó profundamente no solo la historia de Chile, sino la de toda América Latina, al convertirse en un símbolo de la intervención extranjera en los asuntos internos de los países de la región y del quiebre institucional producto de las tensiones ideológicas de la Guerra Fría. Más de cinco décadas después, la memoria de aquel 11 de septiembre continúa siendo objeto de debate político, histórico y social en el país austral, mientras persisten los esfuerzos por esclarecer las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura y garantizar la no repetición de estos hechos.

