Los brasileños descartaron replicar el modelo de su vecino y optaron por un nuevo mandato del líder del Partido de los Trabajadores.
Luiz Inácio Lula da Silva volvió a desafiar los pronósticos y amplió su lugar en la historia política de Brasil. A los 80 años, el dirigente de izquierda y una de las figuras más relevantes de América Latina durante el siglo XXI logró revertir este domingo el resultado de la primera vuelta y derrotó al senador Flávio Bolsonaro, de 45 años.
El presidente obtuvo el 51,7% de los sufragios, frente al 48,2% de su adversario, una diferencia cercana a cuatro millones de votos. Nunca antes un mandatario brasileño había conseguido remontar una desventaja inicial en las urnas. Con su cuarto mandato, Lula queda solo por detrás del emperador Pedro II y de Getúlio Vargas en tiempo acumulado en el poder. La victoria frena el avance de la extrema derecha, aunque deja al descubierto una sociedad fracturada. El martes cumplirá 81 años y asumirá nuevamente como referente del progresismo regional ante la influencia de Donald Trump.
Lula celebró el resultado en un hotel de São Paulo, acompañado por dirigentes del Partido de los Trabajadores (PT), aliados y familiares. En su mensaje, agradeció el respaldo sostenido de los brasileños, la participación de los jóvenes que se movilizaron en defensa del sistema democrático y el compromiso de los adultos mayores que acudieron a las urnas.
Presentó la jornada como un rechazo al negacionismo y a la desinformación, y remarcó que Brasil no aceptará ser tratado como el patio trasero de ninguna potencia. El presidente, que apenas esta semana comenzó a utilizar el primer teléfono móvil de su vida, destacó la importancia que tuvo la campaña digital. También denunció interferencias externas y acusó a plataformas como Instagram y WhatsApp de favorecer la candidatura bolsonarista.
La respuesta de Flávio Bolsonaro fue inmediata. Mientras Lula todavía pronunciaba su discurso, el senador compareció ante los medios en Brasilia y exigió que la elección fuera anulada. “Es imposible reconocer el resultado”, declaró, sin presentar en ese momento pruebas concretas de irregularidades.
El desenlace se conoció después de un escrutinio angustiante y de una jornada marcada por la decisión judicial de mantener abiertos los centros de votación durante dos horas adicionales. El oficialismo había recurrido a la justicia debido a las dificultades registradas en el transporte público y a las restricciones aplicadas en algunas ciudades. Lula advirtió que no permitiría maniobras destinadas a impedir el voto y cuestionó con dureza a los alcaldes involucrados. La orden de extender el horario llegó cuando faltaba muy poco para el cierre previsto, lo que provocó desorganización, largas filas y dudas entre electores y funcionarios. Finalmente, los colegios cerraron a las siete de la tarde, hora de Brasilia, y el país comenzó a seguir un conteo cuyo resultado permaneció abierto hasta el final.
La confusión probablemente dará argumentos a quienes ponen en duda la legitimidad de los comicios. Rafael Nunes, ingeniero electricista de 40 años, acudió a votar en São Paulo con la camiseta amarilla de la selección brasileña y el número 22 de Bolsonaro en la espalda. Antes de conocerse el resultado, aseguraba que su candidato ganaría si no se producía “un golpe”. Durante la campaña, Flávio Bolsonaro deslizó sospechas sobre la seguridad del sistema electoral, aunque evitó hacerlo con la intensidad que caracterizó a su padre, Jair Bolsonaro.
Para Lula, antiguo obrero metalúrgico y dirigente sindical, la victoria representa otra resurrección política. El líder que durante sus primeros gobiernos impulsó programas que permitieron a millones de brasileños salir de la pobreza luchó hasta el último momento, pero ahora deberá administrar un escenario extremadamente adverso. Suele recordar que de su madre, doña Lindu, aprendió a no darse por vencido, y sus colaboradores destacan que tampoco acostumbra a actuar desde el resentimiento.
Tendrá que gobernar una nación dividida prácticamente en partes iguales y negociar con un Congreso donde el Partido Liberal (PL), controlado por los Bolsonaro, alcanzó una mayoría histórica. Esa fuerza contará además con capacidad para influir en la composición futura del Tribunal Supremo mediante los nombramientos. En el plano internacional, Brasil está rodeado en su mayoría por gobiernos ideológicamente distantes —con Uruguay como excepción progresista— y enfrenta a un Trump decidido a reforzar la presencia estadounidense en la región.
La consigna “Brasil está listo para más” acompañó a Lula durante una campaña que, según sus allegados, fue la última de su extensa carrera electoral. La legislación le impedirá buscar una nueva reelección en 2030 y tendrá 85 años cuando concluya el próximo periodo presidencial. Por esa razón adquiere una importancia especial la figura del vicepresidente Geraldo Alckmin, histórico representante del centroderecha, católico conservador y de 73 años, convertido desde hace tiempo en una pieza central de la coalición oficialista.
El nuevo gobierno promete continuar el proceso de reconstrucción institucional iniciado en 2022, cuando Lula, también con Alckmin como compañero de fórmula, derrotó a Jair Bolsonaro. El expresidente ultraderechista fue posteriormente condenado por intentar quebrar el orden constitucional. Esta vez, el PT presentó la elección como un plebiscito sobre la democracia y como una barrera frente al regreso del bolsonarismo. Lula concentró sus críticas en el autoritarismo, las políticas de exclusión y el oscurantismo que, para aproximadamente la mitad de la población, encarna el clan Bolsonaro.
Flávio aseguró durante la campaña que respetaría la voluntad expresada en las urnas. Su pedido de anulación abre ahora el interrogante sobre si mantendrá esa promesa o seguirá el camino de su padre. Jair Bolsonaro nunca reconoció formalmente su derrota de 2022, aunque permitió que comenzara el proceso de transición. Una semana después de la toma de posesión de Lula, una multitud de seguidores del exmandatario atacó las principales sedes de los poderes públicos en Brasilia, en el episodio más grave contra la democracia brasileña desde el final de la dictadura.
La tensión política también se reflejó entre los votantes. Leandra Sena, arquitecta de 45 años, explicó que había elegido a Lula porque consideraba que la elección representaba una disyuntiva definitiva entre democracia y autoritarismo. Fátima Aparecida da Silva, de 69 años, llegó a un colegio de São Paulo vestida de rojo y visiblemente preocupada. A su juicio, una victoria de Flávio podía significar el retorno de prácticas represivas conocidas durante el régimen militar. Admitió que Lula está lejos de ser perfecto, pero recordó que sus hijos pudieron progresar gracias a las políticas públicas impulsadas por los gobiernos del PT. Una de sus hijas, que la acompañó a votar, es médica.
En la acera opuesta de la avenida Consolação, Kelly, de 47 años, expresaba una visión completamente distinta. Llevaba una camiseta con los rostros de Jair y Flávio Bolsonaro fusionados en una sola imagen, acompañados por la palabra “derecha” y el lema nacional “Orden y Progreso”. Contó que antes había votado por el padre y que ahora respaldaba al hijo porque, según explicó, ambos representan la defensa de la seguridad y de la familia.
El regreso de Lula también supone un obstáculo para los planes de Trump de extender la influencia de Estados Unidos al sur del río Bravo.
La serie de triunfos de candidatos conservadores, que había alcanzado siete elecciones consecutivas, quedó interrumpida este domingo. Brasil y México, las dos naciones más pobladas de América Latina, actuarán como contrapesos progresistas frente al presidente republicano y a los gobiernos regionales cercanos a Washington. Bajo el liderazgo de Lula, Brasil mantendrá su defensa del multilateralismo frente a la política de fuerza promovida por Trump. Al mismo tiempo, intentará conservar una relación pragmática y productiva tanto con Estados Unidos como con China.
El triunfo de Lula se sostuvo, en buena medida, en la incorporación de parte de los 33 millones de ciudadanos que se habían abstenido en la primera vuelta. El presidente pidió a su militancia buscar apoyos uno por uno y concentrar los esfuerzos en los sectores cuyo voto es voluntario: las personas mayores de 70 años y los jóvenes de 16 y 17.
Durante una campaña resuelta por márgenes mínimos, Lula acusó a Meta, la compañía propietaria de Instagram, WhatsApp y Facebook, de beneficiar al candidato de la ultraderecha mediante el funcionamiento de sus plataformas. La desinformación también ocupó un lugar central en la disputa. Incluso la Virgen de Aparecida quedó involucrada en una controversia surgida de una imputación falsa contra Bolsonaro.
En su intento por renovar el mandato, Lula presentó un amplio paquete de iniciativas con efecto inmediato, especialmente pensado para atraer a las mujeres, un grupo electoral más numeroso y con mayores niveles de indecisión que los hombres. Elevó un 15% el monto de Bolsa Familia, el programa mensual que alcanza a 20 millones de hogares vulnerables y constituye una de las principales banderas históricas del PT. Además, prohibió por decreto las apuestas deportivas y los casinos virtuales para enfrentar el creciente endeudamiento y los trastornos de salud mental. También ofreció tratamientos gratuitos para adelgazar a personas con obesidad y aseguró hasta medio año de ingresos para las víctimas de violencia doméstica.
La competencia estuvo atravesada por una paridad prácticamente inalterable entre el mandatario progresista y el senador ultraderechista. Las encuestas mantuvieron a ambos muy cerca desde el comienzo de la contienda hasta la jornada previa a los comicios, mientras que ninguno de los dos debates consiguió modificar de manera sustancial el escenario. La campaña comenzó bajo un clima de indiferencia, pero terminó con una intensa participación ciudadana. La reacción fue particularmente fuerte entre los votantes de izquierda, sacudidos por el primer puesto alcanzado por Bolsonaro tres semanas antes.
El oficialismo sabía que disputar una segunda vuelta implicaba adentrarse en un terreno peligroso y reducía de forma significativa sus posibilidades de conservar el poder. Lula ya concentraba el respaldo de casi todo el arco progresista, por lo que contaba con poco margen para incorporar apoyos procedentes de otras fuerzas. Sin embargo, consiguió ampliar su caudal gracias a una movilización de enormes proporciones. Ese despliegue le permitió imponerse a una derecha que, después de la primera ronda, cerró rápidamente filas alrededor de Bolsonaro con el objetivo de desalojar del Gobierno al líder del PT, una figura que continúa despertando un profundo rechazo en casi la mitad de Brasil.

