Del cierre de periódicos al miedo a preguntar: la nueva censura, según Reinaldo Spitaletta.
En un texto publicado este martes, Reinaldo Spitaletta sostiene que el Ejecutivo habría reemplazado la persecución abierta a la prensa por un sistema de presiones veladas que empuja a los periodistas a autocensurarse
El escritor y periodista Reinaldo Spitaletta publicó este martes 15 de septiembre la columna Promoción abelardista de la autocensura, en la que acusa al gobierno del presidente Abelardo de la Espriella de haber instalado un modelo de control informativo que no necesita clausurar medios ni encarcelar reporteros para lograr el silencio.
El autor describe lo que llama un «milagro» del mandatario: conseguir que la crítica se apague sola. «Es mejor para el reyecito, o por lo menos una actitud más disimulada, poner un control con anestesia a la información», escribe Spitaletta, quien sostiene que la estrategia oficial consiste en «velar la información, oficializarla, colarla en el cedazo oficial».
La columna enumera varios mecanismos que, según el columnista, configuran esa presión indirecta: La centralización de la vocería oficial y la entrega selectiva de información a lo que denomina «medios amigos (léase, arrodillados)».
También la amenaza de demandas contra medios y periodistas, la presión económica sobre las salas de redacción: espacios que se cierran «porque no hay pauta».
Por eso la intervención de veinte Emisoras de Paz, un hecho que menciona como excepción al patrón general de no clausurar medios.
El costo laboral de la crítica, ilustrado con el caso del caricaturista Vladdo, a quien —según el texto— le habría costado el puesto un dibujo del presidente «caminando entre cadáveres».
«Quien censura, teme», afirma Spitaletta. «Es incapaz de la confrontación y los debates. Apela, a veces a la fuerza, y en otras ocasiones, a la amenaza velada». Y agrega una frase que sintetiza su tesis: «Lo que es incuestionable es que todo censor es débil y miedoso».
El columnista contrasta el escenario actual con episodios históricos de censura en Colombia. Recuerda el destierro, a finales del siglo XIX, del periodista Juan de Dios Uribe, el Indio Uribe, y los tiempos en que el poder clausuraba diarios y revistas. Hoy, sostiene, «se juega a la censura indirecta, que aparenta doler menos, pero es tan execrable como los otros métodos».
En ese marco, sitúa la frase que circularía en las redacciones —»¡Ojo que están echando!»— como el instrumento más eficaz del nuevo esquema: un rumor que «irradia miedos y establece vigilancias» sin necesidad de decreto alguno.
El blanco: el periodismo de investigación
Para Spitaletta, el objetivo final del entramado es neutralizar el periodismo investigativo, aquel que el expresidente estadounidense Theodore Roosevelt bautizó despectivamente como el de los muckrakers o «rastrilladores de estiércol». Es decir, «el que revela lo que alguien —el poder— no quiere que se diga».
El texto también cuestiona el contexto político en el que se produciría ese cerco: un gobierno que, según el autor, «grita ‘¡Viva Cristo Rey!’ y apoya que la gente ande armada en un país lacerado en su historia por todas las violencias».
La columna cierra con una advertencia sobre el efecto acumulado de estas prácticas: que los comunicadores terminen por decir «yo no me meto con esto», en lo que Spitaletta califica como un «autoatentado» contra el oficio. «La censura de hoy se pone la ropita de la autocensura. Así parece quedar inmune», concluye.

