En el departamento más pobre del país, con la mayor concentración de inmigrantes y una juventud que siente que le han arrebatado el futuro, se encendió la chispa de las protestas estudiantiles que se extendieron por Francia.



Amira, 23 años, ajusta su hijab color crema y se anuda las zapatillas deportivas mientras prepara su salida por la mañana. Tras sus ojos claros y su expresión serena, se esconde una estudiante de posgrado en Sociología procedente de una familia trabajadora de origen marroquí. Inteligente, reflexiva, con una consciencia social profunda y las manos callosas de quien ha ayudado en negocios familiares.

Amira vivió su adolescencia en uno de los inmuebles más deteriorados del barrio de La Courneuve, en Seine-Saint-Denis (52.614 habitantes), situado precisamente al lado de un punto de distribución de sustancias ilegales donde permanentemente hay movimiento de traficantes, agentes del orden, compradores, consumidores habituales. «Gaz hilarante», reza un cartel publicitando el óxido nitroso que se distribuye para inhalar.

Amira conoce bien a toda esa gente.

Cuida nuestro edificio, ¿vale?, le dice a uno de los tres vendedores que coordinan la operación en la planta baja del bloque contiguo a cambio de dinero.

En el piso de 45 metros cuadrados habitan ocho miembros de la familia. Su madre trabaja como cuidadora en residencias y Amira le ayuda en turno nocturno, aunque completó su licenciatura en Gestión Administrativa con calificaciones excelentes: «17 sobre 20», comenta orgullosa. No importó. La institución la ha dejado fuera. El máster que solicitó no le fue otorgado por problemas en el algoritmo Parcoursup y permanece sin respuesta desde junio. Temporada desperdiciada. Lo mismo sucede a más de 130.000 estudiantes que todavía esperan confirmación desde hace meses por fallas en el programa informático que gestiona el acceso universitario, que docentes han propuesto desmantelar para terminar con la crisis. «Yo quería Enfermería y la máquina me sugirió Ingeniería Informática. ¿Es posible eso?», protesta su hermana Leila (20 años).

Los compañeros de infancia acudieron a la marcha del mes anterior. «Hasta el amanecer», puntualiza con ironía. Ellos ríen. Muestran fotografías de aquella noche. Gases, dispersiones, vidrios rotos. Transcurrida una quincena, las restricciones impuestas, el aumento de la marginalización percibida, se lamentan, y la evidencia de que el Estado les margina, los ha empujado nuevamente a protestar. «Todo el extrarradio participará, hermana», advierten respecto a la convocatoria prevista para mañana.

La zona respira deseo de transformación, animosidad hacia las autoridades y una profunda sensación de estancamiento. «Nos coordinamos mediante plataformas digitales. Instagram, además WhatsApp. Las fuerzas de seguridad aún desconocen esos canales», comenta Zahra, abrigo deportivo, bolso de Prada, mientras acompaña a un reportero por distintas calles. Por ello, ciertos políticos conservadores propusieron censurar dichos medios durante las movilizaciones. Recientemente, Freechat, una plataforma nueva con conectividad mesh ha registrado el mayor número de instalaciones.

El 93 designa a Seine-Saint-Denis, el territorio francés más desfavorecido económicamente y con mayor porcentaje de población migrante, casi el 40% del total demográfico. Además, la región más joven del territorio, aquella cuya expresión surge desde los márgenes del sistema. Para la mayoría, una marca estigmatizante imposible de vencer, ni siquiera en su trayectoria laboral, relacional o matrimonial. Para otros, un negocio inmobiliario para distanciar más a los sectores populares de sus residencias y transformar socioeconómicamente sus zonas, como sucede actualmente en Montreuil, Noisy-le-Sec o el propio departamento. Pero el 93 constituye, fundamentalmente, una cicatriz que atraviesa el límite entre París y su cinturón metropolitano. Dos espacios que prolongadamente se han mantenido separados y convergen ahora en las revueltas ciudadanas de estos momentos en varias urbes.

¿Mi destino? Alejado de aquí. Buscaremos empleo en Canadá, en Suecia. No tengo claridad. El asunto es que no nos reconocen como franceses. Nos rechazan, expresa Amira mientras sus amigos concuerdan.

Amira participó en las marchas del 20 de noviembre que concluyeron en enfrentamientos masivos dejando 3.000 locales saqueados en toda la nación, muchos de cuyos dueños, originarios también de zonas desfavorecidas, perdieron sus negocios de manera injustificable. Más de 1.800 arrestos, considerable cantidad de menores, y una atmósfera de decadencia institucional. Conservan registros fotográficos y videográficos. El sábado se alistaban para replicar la jornada en la concentración fijada para el domingo siguiente.

Interviene Yasmine. 25 años. Descendencia tunecina. Vestuario íntegro en tonalidades oscuras. «Durante la marcha destruimos vitrinas, es cierto, en varios comercios del sector céntrico. Sin embargo, también incendiamos la redacción de FranceTélé. Es una emisora de extrema derecha, xenófoba, que nos estigmatiza y responsabiliza a los magrebíes de la crisis francesa. Sucederá nuevamente, hermana. Todo el cinturón bajará hacia París. Debemos mantener la presión», declara.

Yasmine, junto con sus colegas Leila, Hassan o Zahra, reside actualmente en un departamento transitorio de vivienda social estatal. Su anterior hogar, donde se desarrolló, está bajo reparación integral en el Conjunto Habitacional Zenith de La Courneuve, territorio con porcentaje de pobreza del 51% (duplica el promedio estatal) y ganancia promedio anual por domicilio de 1.250 euros (datos del INSEE). Desde la azotea, donde actualmente solo permanecen ruinas y escombros dispersos, el panorama del extrarradio desvanece en los límites de París, donde el domingo anterior regresó con accesorios de protección facial y guantes de neopreno para resguardarse de los irritantes químicos. Su colega Amira justifica la táctica empleada. «Ningún movimiento contestatario transcurre sin confrontación. ¿Cuántos días duraban las movilizaciones académicas? Solamente cuando los daños afectaban patrimonios valiosos, cuando la economía se veía impactada negativamente, finalmente nos prestaban atención».

La chispa insurreccional se encendió mayormente en la ciudad de Montreuil, corazón administrativo de la región. El sábado por la tarde hay actividad comercial intensa. Aquí coexisten la catedral histórica donde descansan príncipes medievales con las tiendas kosher, las sinagogas y una diversidad amplia de comunidades y creencias. Determinadas vías mantienen nomenclaturas que recuerdan un legado sindicalista, como la plaza Trotsky o el barrio de los Cosmonautas y la revista Libération, fundada por Sartre, tiene aquí su central administrativa.

Rashida, 29 años, turbante dorado en la cabeza, anteojos oscuros y chaqueta negra, transita por la zona comercial cargando sus compras. Antes de comentar cuestiona sobre la afiliación del periodista. «¿No será conservador?». Notaria de procedencia subsahariana, respalda las movilizaciones estudiantiles, pero rechaza categóricamente los actos vandálicos, los robos organizados.

Tampoco que vinculen las periferias con semejante grado de destrucción. Se formó en el colegio Victor Hugo, uno de los institutos donde iniciaron las agitaciones juveniles antes de expandirse nacionalmente. «Y considera, es posible nacer y formarse en este territorio y lograr éxito profesional, educación superior. Yo soy especialista en derecho y el domingo retomaré las concentraciones: resultan justas y constituye una desgracia que la única táctica estatal haya sido represiva. Soy de tendencia comunista, pero apoyaré a Francia Rebelde (FR). Lo hice previamente por Mamadou Diallo [el alcalde progresista de Montreuil, transformado en emblema de las juventudes revolucionarias]. Aunque no sea militante de su colectividad, representa nuestra perspectiva, nos comprende».

El código postal 93 junto a sus 1.752.340 habitantes significan innumerables cuestiones adicionales. Seine-Saint-Denis fue el escenario central de los Juegos Olímpicos Parisinos en 2024. Hubo remodelación urbana, higienización territorial. Se inauguró la extensión ferroviaria que, eventualmente, interconectaría todos los sectores periféricos e iluminaría la Metrópolis Ampliada: una especie de conclusión de aquella perspectiva antigua de periferia. No obstante, el 93 constituye también una proyección hacia adelante: el territorio de Île-de-France con índices de natalidad más elevados y mortalidad más reducida de la región.

Y, fundamentalmente, con población juvenil superior a 20 años (29,2%), símbolo de aquello que Mélenchon denomina La Francia Emergente, pero igualmente los individuos más vulnerables a tensiones emocionales por haber nacido en una época de incertidumbre: desde la crisis ecológica hasta la crisis sanitaria reciente, incluyendo conflictos bélicos en múltiples continentes, o la irrupción del aprendizaje automático.

Mélenchon consiguió en Seine-Saint-Denis un 50,15% de sufragios en la primera ronda electoral de 2022 (ganador en 37 de las 40 demarcaciones). Aún así, el dirigente del movimiento quedó eliminado de la tercera ronda de comicios presidenciales por apenas 380.000 votos. Tres años después, el personaje lanzó su tercera campaña iniciando en Montreuil, donde resulta complicado hallar un único muchacho que no lo apoye electoralmente.

Karim, 40 años, bereber de Argelia: «Constituye un proceso que nos incumbe globalmente y se propaga por continentes». O Fatima, origen marroquí, 42 años, albañila. «Nos han abandonado las periferias, como si careciéramos de nacionalidad francesa». También Nadia, 21 años, descendencia argelina, estudiante de publicidad: «Constituye un escándalo la manera de relacionarse con los aprendices universitarios acá. Carecemos de financiamiento, docentes insuficientes, la infraestructura se derrumba literalmente. Acá cada cual vota izquierda radical».

El tema, para la generalidad, se reduce a los ocho caracteres vocablo horizonte. Y emana, parcialmente, del colapso del antiguo sistema de asimilación que surgió posteriormente a la autonomía argelina en 1962, transcurridos 127 años de sometimiento imperial francés. La situación habitacional constituye un aspecto relevante. Era preciso albergar a franceses retornados de Argelia. Y la inmensa mayoría de los departamentos sociales se erigieron entre 1962 y 1975. En una década se produjo casi íntegramente la vivienda social aplicando idéntico esquema y con estructuras territoriales insuficientemente preparadas para dirigir aquellos amplios conjuntos residenciales, que terminaron siendo adquiridos por fondos privados y cada vez más deteriorados mientras transitaban a posteriores oleadas migratorias. Empero el programa ya no posee vigencia.

Francia experimentó una transformación identitaria en los últimos 25 años en las zonas periféricas que se manifiesta particularmente mediante el deporte. En 2000, cuando la selección se coronó subcampeona mundial, los descendientes de extranjeros querían reconocerse como ciudadanos franceses. Lo vocalizaban públicamente masivamente. Griezmann, Benzema y Pogba constituían el símbolo de la Francia pluralista. Aunque disgustara a la extrema derecha de Marine Le Pen.

Actualmente, futbolistas como Sofiane Boufal (delantero del Liverpool), de procedencia marroquí nacido en Lille, al norte de París, prefieren representar los símbolos de naciones de sus progenitores. «Constituye la intensificación de una identidad construida imaginariamente, según Rushdie, paulatinamente más pronunciada. Y sucede porque experimentan rechazo de sectores significativos de su territorio natal. Un 42% de los votantes se orientan hacia tendencias intolerantes como Unión Nacional (UN), de Le Pen, o la colectividad de Zemmour. Existe una manifestación de desafío simbólico respecto a su nación de procedencia, que no les reconoce como deseaban», argumentaba el académico Laurent Mucchielli, coautor de la investigación Francia rechazada: nuevas perspectivas sociológicas.

Rashida, que tampoco se proyecta viviendo en Francia próximamente, señala directamente el epicentro de estas demandas. «La instrucción pública fue cimiento de esta república francesa. Si cursabas, te esforzabas, obtenías calificaciones altas, progresabas laboralmente. Constituía la máquina de ascenso socioeconómico. Contemporáneamente sucede precisamente lo inverso. La estructura educativa interrumpió mi progresión académica. Resulta segregadora, discriminatoria, aristocrática y se ha desmoronado. Personalmente no reconozco por ningún lado la equidad que proclama esta república».

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