El Ejecutivo prepara una prueba piloto de siete días sobre un máximo de 1.000 hectáreas de coca. Expertos advierten que el químico elegido quema la hoja pero permite el rebrote, daña el sistema nervioso y está prohibido en la Unión Europea.
Colombia podría convertirse en el primer país del mundo en asperjar desde el aire cultivos de coca con glufosinato de amonio. Esa es la intención del Gobierno de Abelardo de la Espriella, que diseña un plan piloto para medir el desempeño de este herbicida en el Putumayo, un departamento de selva húmeda en el suroccidente del país. La prueba, contemplada en la Resolución 007 de 2026 del Consejo Nacional de Estupefacientes, tendrá una duración de apenas una semana, cubrirá como máximo 1.000 hectáreas y se ejecutará con avionetas tripuladas.
Antes de que el primer avión despegue, sin embargo, el Ejecutivo necesita dos autorizaciones: un plan de manejo ambiental aprobado por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) y un concepto previo del Instituto Nacional de Salud (INS) sobre los eventuales riesgos para las personas. Ambas entidades tienen carácter técnico, aunque dependen del propio Gobierno.
El INS salió esta semana a aclarar, mediante un comunicado, que todavía no ha emitido ese concepto. Según la entidad, para pronunciarse necesita primero reunir la información científica que la ley exige, y actualmente sus equipos se concentran en determinar qué daños podría causar la sustancia y su formulación según las condiciones de aplicación previstas y los escenarios en que la población quedaría expuesta.
El ministro de Justicia, Iván Cancino, ha intentado bajarle el tono a la polémica. A su juicio, el objetivo del piloto es exclusivamente agronómico: comprobar si el químico destruye la mata de coca. «Este programa no es para experimentar a ver qué le pasa al ser humano», afirmó esta semana, insistiendo en que se trata de verificar la reacción de la planta al componente.
Lo que dice la ciencia
La comunidad académica no comparte esa tranquilidad. Como ningún país ha fumigado coca con glufosinato desde el aire, no existe evidencia directa sobre sus consecuencias en ese escenario. Pero los investigadores consultados coinciden en dos conclusiones: el herbicida es más riesgoso para la salud que el glifosato —usado en Colombia durante décadas— y, además, menos efectivo para acabar con los cultivos.
Julián Mora Oberlaender, doctor en Biotecnología de la Universidad Nacional y especialista en herbicidas, sostiene que la sustitución no aporta ninguna ventaja. En su opinión, el glufosinato no asegura resultados en la erradicación y, en cambio, sí tiene efectos sobre las personas, el ambiente, las fuentes hídricas y los cultivos lícitos que suelen crecer junto a la coca. Mora detalla que ambos productos son de amplio espectro —atacan por igual a una enorme variedad de plantas—, pero se diferencian en su mecanismo. El glifosato es sistémico: penetra la planta completa, de la hoja a la raíz, hasta pudrirla. El glufosinato, en cambio, es de contacto: actúa únicamente sobre el tejido que toca, de modo que las hojas se queman pero la planta puede sobrevivir.
Gabriel Tobón Quintero, profesor de Desarrollo Rural de la Universidad Javeriana, va más allá y califica la fumigación con herbicidas como un error que el país ha repetido por más de tres décadas. Recuerda que Colombia es el único Estado que ha aceptado rociar químicos sobre selvas tropicales y ecosistemas estratégicos sin cuantificar los daños. Para Tobón, los dos herbicidas perjudican a personas y ecosistemas, aunque el glifosato resulta más letal contra la coca. Advierte, además, que el glufosinato arrasará también con plátano, maíz, yuca y otros sembrados vecinos, contaminará aguas superficiales y subterráneas, y afectará las vías respiratorias de peces, aves y los microorganismos del suelo.
Ambos académicos coinciden en otro punto: la toxicidad se multiplica cuando el herbicida se prepara para la aspersión aérea. Para que la mezcla se adhiera al follaje es indispensable añadir adherentes, surfactantes y humectantes, sustancias que tienen su propia carga tóxica y que, según Tobón, pueden desencadenar diversas enfermedades al entrar en contacto con el cuerpo humano.
Mora subraya que en numerosos países el glufosinato está considerado más peligroso que el glifosato, lo que explica por qué nunca se empleó en las fumigaciones colombianas y por qué su uso agrícola es menos frecuente. La literatura médica respalda esa percepción. Un estudio sobre 15 pacientes atendidos en China entre marzo y agosto de 2018 por intoxicación aguda con glufosinato ingerido concluyó que la sustancia afecta los sistemas respiratorio y nervioso y, en los casos más severos, desemboca en insuficiencia respiratoria y encefalopatía tóxica con riesgo de muerte.
Orlando Acosta, químico y biólogo de la Universidad Nacional, explica que el glufosinato actúa principalmente como una neurotoxina: provoca acumulación de amoníaco en los tejidos y altera los neurotransmisores, con graves consecuencias para el cerebro. Entre los síntomas por inhalación, contacto severo o ingestión enumera convulsiones, temblores, alteración de la conciencia, coma y amnesia retrógrada. A ello se suman fallas respiratorias que pueden exigir ventilación mecánica y trastornos cardiovasculares como taquicardia o bradicardia.
Camilo González Posso, ingeniero químico, exministro de Salud y director de Indepaz, elaboró un documento comparativo que llega a conclusiones similares. Aunque el glufosinato actúa con rapidez —quema la hoja en tres a cinco días—, la planta rebrota. En cuanto a la salud, el estudio agrupa los daños en cuatro frentes: intoxicación severa con convulsiones, pérdida de memoria y riesgo de coma; alteraciones reproductivas, incluidos daños al feto y pérdida de fertilidad; quemaduras en piel y ojos por contacto directo; y acumulación de amoníaco en el organismo.
La Organización Mundial de la Salud ubica al glufosinato de amonio en la clase II (moderadamente peligroso), un escalón por encima del glifosato, catalogado en la clase III (ligeramente peligroso). La Unión Europea lo prohibió en 2018 y Francia lo había vetado desde 2017, incluso para uso agrícola con equipos de protección. El glifosato, en cambio, sigue autorizado en el bloque.
El problema de la deriva
Todo ese riesgo se amplifica cuando el herbicida cae desde el cielo. Pese a la intención expresada por el ministro Cancino de mantener la aspersión lejos de las comunidades, los científicos consultados aseguran que es imposible controlar dónde termina el químico cuando se libera desde una avioneta. Es el fenómeno conocido como deriva: las gotas viajan empujadas por el viento y la humedad, y pueden acabar sobre ríos, cultivos de pancoger o las propias personas. Como resume el profesor Tobón, cuando la descarga ocurre a 60, 80 o 120 metros de altura, «ningún milagro puede evitar la dispersión de las gotas», y en la práctica el área afectada siempre resulta mayor que la prevista.

