Los incendios se intensifican en la selva tropical pese a que la deforestación registra su nivel más bajo en casi cuatro décadas.
El debate sobre el porvenir de la Amazonia brasileña pasa totalmente inadvertido en medio de la agitación de la actual campaña electoral en Brasil. Sin embargo, para los más de dos millones de residentes de Manaos, una metrópoli enclavada en plena selva, es una realidad insoslayable: llevan semanas sumergidos bajo una densa capa de humo. Durante la primera quincena de octubre, las imágenes satelitales registraron 9.045 focos de incendio en la región amazónica, lo que representa un incremento del 62% frente al mismo lapso del año previo. El escenario resulta particularmente crítico en las inmediaciones de la capital del estado de Amazonas, forzando la cancelación de las actividades escolares y la emisión de advertencias por graves riesgos sanitarios.
“Respirar este aire es absolutamente nocivo; al abrir la ventana es imposible divisar el horizonte. Vivo en un apartamento con vistas al río Negro, pero estos días no distingo el puente e incluso, en ocasiones, el propio río desaparece”, relata vía internet el productor audiovisual Carlos Barbosa. Pese a la conocida humedad que caracteriza a la Amazonia, ha tenido que llenar su casa de baldes con agua para intentar hidratar un ambiente terriblemente reseco por culpa de la humareda. Actividades cotidianas como reunirse con amistades en una terraza o trotar por un parque son ahora inviables. Las condiciones se agravan al caer la noche y únicamente dan tregua con las lluvias, un fenómeno bastante inusual en estos meses.
La ciudad de Manaos ha ostentado durante semanas el lamentable récord de poseer la peor calidad de aire a nivel global. Para los locales, no obstante, no es una novedad absoluta. Este drama cíclico retorna cada año por esta época, si bien este mes de octubre se ha revelado como excepcionalmente agresivo. El pasado sábado, Defensa Civil disparó una “alerta severa” a los teléfonos móviles de la población, exhortándolos a permanecer en sus hogares o, de ser indispensable salir, usar mascarilla protectora. De los 15 medidores atmosféricos distribuidos en la urbe, 14 marcaban niveles “pésimos”. Municipios aledaños como Autazes ya reportan una severa saturación en clínicas y hospitales a causa del incremento de patologías respiratorias.
Para frenar el avance del fuego, el Gobierno federal ha movilizado a más de 300 brigadistas y una flota de 11 avionetas, apoyando así a los bomberos y autoridades municipales. Por supuesto, el impacto más devastador lo sufren la rica biodiversidad, las comunidades indígenas y los pobladores tradicionales de la selva. No obstante, esta ola de incendios desencadena también efectos colaterales imprevistos. En la empresa de Barbosa, por citar un caso, han debido replantear todo su cronograma de producción. Históricamente, evitaban filmar durante la época de lluvias para sortear los diluvios. Hoy en día, las grabaciones en temporada seca son casi imposibles, dado que resulta utópico conseguir imágenes de un cielo despejado o filmar el tono cobrizo del atardecer.
Los motivos detrás de ese firmamento teñido perpetuamente de un gris opaco tienen origen humano. Tal como detalla a este periódico Ane Alencar, directora científica del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (Ipam), la inmensa mayoría de estas quemas son intencionadas. La práctica habitual consiste en prender fuego a la vegetación para despejar terrenos destinados a la cría de ganado. Esta crisis se magnifica porque la jungla entera es hoy un polvorín, marchita y deshidratada como consecuencia de los severos estragos provocados por el súper fenómeno de El Niño registrado este año.
Asimismo, la experta alerta de que el repunte de las últimas semanas guardaría un vínculo estrecho con la tensión electoral. Tras un septiembre que marcó el segundo registro histórico más bajo en cantidad de fuegos, la dinámica se alteró bruscamente desde el 4 de octubre. “Luego del triunfo en primera vuelta de un aspirante carente de afinidad con las luchas ecologistas, es probable que la gente asuma su victoria y anticipe que replicará la agenda de su padre, enfocada en desmontar el aparato de fiscalización ambiental. Me parece que prevalece una sensación de impunidad, la idea de que ‘no habrá sanciones’. Sin duda, esto ha podido jugar un papel”, reflexiona Alencar.
Las autoridades gubernamentales contemplan igualmente esa hipótesis. Por ello, han ordenado a las fuerzas de seguridad y a la Agencia Brasileña de Inteligencia que indaguen la posible existencia de una “acción orquestada y estructurada”, conforme a lo expresado por Jair Schmitt, presidente del Instituto Brasileño de Medio Ambiente (Ibama), durante una entrevista con Folha de São Paulo. No constituiría un hecho inédito. El panorama electoral y las rencillas políticas terminan siempre haciendo eco en la Amazonia, si bien por variadas razones. Cuatro años atrás, la deforestación se disparó ante el temor de que concluyera la permisividad de la era Bolsonaro y triunfara un Lula decidido a combatir el crimen medioambiental. Ya en 2019, terratenientes de Pará llegaron a promover el tristemente célebre ‘Día del Fuego’ para respaldar la agenda depredadora del mandatario de extrema derecha.
Este giro en las políticas medioambientales se materializó con contundencia y ha rendido frutos. Las tasas de tala han disminuido anualmente, alcanzando en el ciclo de evaluación más reciente la cifra más baja desde 1988. Entre agosto de 2025 y julio del presente año, el área desforestada en la Amazonia abarcó 3.355 kilómetros cuadrados, reflejando una contracción del 42% respecto al periodo previo. Sigue siendo una extensión colosal (equivalente a más de cinco veces la superficie de Madrid), pero palidece frente a los 11.600 kilómetros cuadrados arrasados en 2022, al cierre de la administración Bolsonaro. A lo largo de esta última gestión, la deforestación ha caído alrededor de un 72%, acercando al Gobierno de Lula a su meta oficial de erradicar la pérdida de selva para el año 2030.
Aunque la crisis amazónica permanece marginada de los debates principales de la campaña y la salvaguarda ecológica jamás ha figurado entre las prioridades de la extrema derecha —sino más bien todo lo opuesto—, figuras como Flávio Bolsonaro y sus simpatizantes no han dudado en instrumentalizar la densa cortina de humo para reprochar la labor del Gobierno federal. Lo hacen, eso sí, con cierta tibieza, ya que una porción significativa de sus votantes en la región norte es precisamente la misma que anhela una flexibilización de la normativa ambiental para seguir transformando las zonas de selva en pastizales ganaderos.

