En el histórico sindicato de metalúrgicos donde Luiz Inácio Lula da Silva forjó su liderazgo, sus seguidores mantienen el optimismo y aseguran que la ciudadanía ha despertado y sigue creyendo en su proyecto político.
Sobre la mesa siguen la máquina de escribir, el teléfono, el timbre de mesa para llamar y una agenda forrada en piel. Nada se ha movido del sitio que ocupaba entre 1975 y 1981, cuando este despacho de la segunda planta del Sindicato de Metalúrgicos del gran São Paulo era el cuartel general de quien lo dirigía: Luiz Inácio Lula da Silva. Reconstruido a modo de pequeño museo, el cuarto es hoy una reliquia más de un edificio de cuatro plantas convertido en templo del lulismo, en São Bernardo do Campo, una de las ciudades satélite de la megalópolis paulista, que supera los 21 millones de habitantes.
Aquí se forjó, en efecto, la leyenda del niño que llegó a limpiar botas por las calles, luego obrero metalúrgico, más tarde líder sindical y, al final del camino, presidente de uno de los países más desiguales del planeta. La efigie del ahora mandatario se repite hasta en la esquina más mínima, convive con las de Gandhi, Che Guevara o Rosa Luxemburgo, y una sola palabra, pintada en paredes y suelos, se impone por encima de todo: «Luta» (lucha).
Hasta el portalón rojo del exterior es ya una pieza histórica: el líder del Partido de los Trabajadores (PT) lo cruzó aquel 8 de abril de hace ocho años antes de entregarse a la policía, después de pasar dos noches encerrado aquí y acatar la orden de ingreso en prisión por su condena judicial. Su última visita fue el 4 de octubre, jornada de la primera vuelta: acudió a saludar tras votar en la ciudad donde ha vivido la mayor parte de su vida. Un cartel lo cuenta a la entrada: «Lula, donde empezó todo».
Aguarda en el vestíbulo, desde hace medio siglo, doña Célia, que con 80 años y el habla ya deteriorada sigue al pie del cañón al frente del pequeño bar y la tiendecita de camisetas y recuerdos. Su comercio minúsculo rebosa fotos de Lula, varias junto al papa Francisco; de la pared cuelga una portada de la revista Time con la imagen del presidente brasileño, dedicada de su puño y letra, y en otra instantánea los dos aparecen fundidos en un abrazo. Responde enérgica que no concede entrevistas. Basta con que el periodista le pregunte si teme una victoria este domingo del ultra Flávio Bolsonaro para que espete: «¿Miedo? El miedo es una equivocación. ¡Aquí no hay miedo!». Adelanta que lleva allí más de media vida y remata: «Lula lo es todo para mí».
De la decisiva elección presidencial de este domingo se habla en cada rincón, y en las conversaciones aflora el espíritu de la palabra de los muros, sobre todo desde el revés que supuso la derrota de Lula en la primera vuelta. «La gente se llevó una patada en el culo y ahora ha despertado», sentencia una joven empleada. Por un pasillo asoma Jonas Brito da Silva, miembro de la dirección del sindicato:
—Nos vamos ahora a la salida de las fábricas, a repartir panfletos y a hablar con los trabajadores para que vayan a votar.
—Ya estarán muy convencidos…
—No todos. También los hay que votan a Bolsonaro.
Para entender São Bernardo conviene retrotraerse a finales de los años cincuenta, cuando Volkswagen montó aquí su primera planta sudamericana. De sus cadenas salieron miles de escarabajos, bautizados como fusca por la cultura popular brasileña, y en torno a la volks —así la llaman—, todavía principal factoría del país por delante de las de Mercedes Benz y Scania, prosperó esta capital automovilística. De la marca alemana han vivido varias generaciones de familias, como la de Wellington Damasceno, presidente del sindicato desde julio, que entró de aprendiz en la misma planta donde trabajaba su padre.
«Están siendo días muy intensos», cuenta. «Tenemos una organización muy bien diseminada por las fábricas y no hemos dejado de hacer el trabajo sindical y burocrático a la vez que el político. Nos hemos tenido que desdoblar para atender a los trabajadores y estar en la calle, repartiendo panfletos, con el coche de megafonía… La mayoría de nuestra gente está muy obstinada en buscar el voto. El lunes lo vamos a celebrar».
Sea convicción o cálculo, la misma frase brota de cualquiera a quien se aborda en la sede: «Somos optimistas». «Lo sucedido en la primera vuelta ha despertado a muchos sectores de la sociedad», insiste el líder sindical.
«Ver a Flávio en primer lugar ha tenido un efecto sobre la gente, que ha actuado de forma espontánea, sin necesidad de coordinarla. Ha sido maravilloso. Flávio quiere acabar con el descanso semanal de dos días [recién aprobado por el Congreso] e implantar el salario por horas. Estamos viendo cómo gente que luchó contra la dictadura y por las primeras elecciones democráticas se está sumando a la manifestación».
Damasceno todavía no había nacido cuando Lula dirigía el sindicato y encabezaba, con el país bajo la bota militar, las grandes huelgas. Con 41 años, representa a una camada nueva de dirigentes en tiempos complicados para el movimiento: la organización pasó de reunir a 250.000 afiliados a los 74.000 actuales. La desindustrialización también golpeó São Bernardo, con el cierre de plantas como las de Ford y Toyota, y arrastró consecuencias políticas y electorales: Lula repitió victoria en la ciudad en la primera vuelta, aunque con un margen más estrecho que otras veces, y en los comicios a gobernador celebrados ese mismo día arrasó el bolsonarista Tarsício de Freitas. «Son tiempos desafiantes, difíciles lo fueron otros, como los de la dictadura», relativiza.
Y advierte sin dilación: «También pueden venir otros tiempos difíciles dependiendo del resultado del domingo».
El joven dirigente asume que sindicalismo e industria atraviesan un cambio de época, y por eso reclama un Gobierno abierto a colaborar, bien distinto del de Bolsonaro padre, que se refugiaba en que «todo era problema del mercado». «Si implantas tecnología, vas a perder trabajadores. Pero si no la implantas, pierdes la empresa entera.
Para hacer esa transición necesitas créditos y ayudas», ejemplifica. El «gran desafío», admite, es lidiar con una realidad social inédita, frecuentemente asociada al retroceso de la izquierda: aproximar el sindicalismo a ese trabajador que ahora actúa por su cuenta, «que conduce un coche, reparte comida en bicicleta o tiene un pequeño taller». «Muchos de esos eran antes metalúrgicos y se siguen considerando así», apunta. A la lista de inquietudes se suma la competencia de la industria automovilística china, que irrumpió con fuerza en el país de la mano de BYD al hacerse con una factoría de Ford en Camaçari (Bahía).
En un pasillo se topa Damasceno con el veterano Valdir Davide. Lo presenta como al hombre a quien Mercedes despidió por los incidentes de una huelga en 1989. «Pero valió la pena», repone al instante el aludido. Davide tampoco se aparta del optimismo reinante, y lo justifica a su manera: «Yo hablo con el pueblo y veo lo que hay». A los que se resisten a creer les trae a colación los más de 700.000 muertos de la pandemia, cuando Bolsonaro padre no quería comprar vacunas. En las columnas del vestíbulo de la sede resisten las pegatinas de entonces: «Vacuna en el brazo, comida en el plato. Fuera Bolsonaro». Seis años después, a luta continúa. El adversario cambia, pero el apellido permanece: Bolsonaro.

