Su primera comparecencia pública estuvo marcada por dificultades al expresarse, mientras persisten los cuestionamientos sobre la veracidad de su hoja de vida.
Katie Zacharia tenía por delante una de las pruebas más vigiladas de Washington: su primera aparición en el atril de la sala de prensa de la Casa Blanca como portavoz de Donald Trump. El resultado, el martes, fue un desfile de reacciones incrédulas en unos medios acostumbrados a que quien ocupa ese puesto, como mínimo, sepa manejarse ante un micrófono. A eso se sumaron enseguida las preguntas sobre su trayectoria —es abogada, aunque jamás llegó a colegiarse en el país— y, antes de que acabara el día, ya circulaban filtraciones anónimas que vaticinan que su paso por el cargo será efímero.
La versión oficial fue otra. Siguiendo el manual del presidente, que consiste en reescribir los hechos cuando no le convienen, el gabinete de comunicación emitió una nota en la que celebraba una “contundente conferencia de prensa inaugural” que “denotó gran autoridad”.
Quienes estaban en la sala vieron algo muy distinto. Ante una multitud de periodistas que competían por lanzarle la primera pregunta en directo, Zacharia apareció rígida, con la vista clavada en sus notas, esquivando el contacto visual y disimulando la tensión con sonrisas forzadas.
La duración tampoco ayudó: apenas 14 minutos, una cifra insólita para este tipo de comparecencias. Más de la mitad, ocho, se consumieron en un discurso de apertura repleto de exageraciones e inexactitudes sobre los éxitos del presidente. Los seis restantes se repartieron en tres turnos de dos preguntas, todos ellos otorgados a medios de la órbita conservadora.
Las cuestiones fueron, por decirlo con suavidad, poco incisivas. Una indagaba sobre cómo mantendrá el trato de favor a los medios cercanos al universo MAGA. Otra, sobre si hablará desde el podio también por el Partido Republicano o exclusivamente por Trump. La tercera le sirvió en bandeja el único anuncio que traía preparado: la Casa Blanca ha reclamado la renuncia de Kimberly Guilfoyle, embajadora en Grecia y antigua prometida de Donald Trump Jr., después de una serie de reportajes que apuntan a prácticas corruptas.
Y ahí terminó todo. Zacharia cerró la sesión de forma abrupta, ante el desconcierto general, alegando que le aguardaba una jornada muy larga. No mentía: poco después subió al avión con Trump rumbo a Alaska, primera parada de una gira de mítines de dos días que atravesará el país de punta a punta.
Con el paso de las horas se supo que la portavoz apenas había tenido margen para preparar su estreno. Exresponsables de comunicación de la Casa Blanca, reconvertidos ahora en analistas de televisión, explicaron en las sesiones de diagnóstico posteriores que un debut así suele ir precedido de largas horas de preparación en las que el equipo de prensa repasa con la portavoz cualquier asunto que pueda surgir.
Esta vez no fue así. Zacharia tropezó con una de las preguntas más previsibles del día: si Washington ha suspendido el intercambio de inteligencia con Ucrania mientras Rusia intensifica sus bombardeos. Su respuesta fue un escueto “luego le contesto a eso”.
Que la comparecencia fuera tan corta refuerza la impresión de improvisación, pero también la sospecha de que se concibió como una operación de contención. El anuncio sobre Guilfoyle —el tipo de noticia que Trump suele dar él mismo, sin intermediarios, en su plataforma Truth— cumplió al menos la función de acaparar los titulares iniciales, centrados en una dimisión que se materializó un par de horas más tarde, y no en una actuación que esa misma noche alimentó los programas de humor. Jimmy Kimmel la despachó con un adjetivo: “desastrosa”.
En justicia, conviene recordar que el de portavoz presidencial es uno de los oficios más exigentes y menos agradecidos de la capital. Y lo es todavía más con un presidente que se considera a sí mismo el jefe de comunicación de su propio Gobierno y que acostumbra a anticiparse a cualquier anuncio.
Tampoco es sencillo heredar el puesto de Karoline Leavitt, igual que no lo fue para Karine Jean-Pierre cuando reemplazó, en tiempos de Joe Biden, a la solvente y accesible Jen Psaki. Leavitt, la portavoz más joven que ha tenido la Casa Blanca, dejó en sus 17 meses una huella marcada por la elocuencia agresiva, la negación sistemática de lo evidente, el choque frontal con la prensa tradicional y el impulso a reporteros afines al ideario MAGA. También alteró normas de acceso al presidente que llevaban décadas vigentes, mientras Trump excluía o demandaba a medios como AP, Politico, MS NOW, The New York Times o The Wall Street Journal.
Esa continuidad en el atril contrasta con lo vivido en el primer mandato, cuando el relevo de portavoces y directores de comunicación fue vertiginoso: cuatro de los primeros y siete de los segundos en cuatro años. Entre estos últimos figura Anthony Scaramucci, cuyo paso por la Casa Blanca duró exactamente 11 días.
“El reloj está en marcha”
El estreno de Zacharia, de 42 años y madre de cuatro hijos, devolvió a la conversación aquel episodio. El propio Scaramucci, hoy convertido en detractor del presidente, se apuntó a la broma el martes en X: “El reloj está en marcha”, escribió. “Por ahora, [la nueva portavoz ha sobrevivido] la onceava parte de un Scaramucci”.
Trump, por su parte, se limitó a comentar, con ella al lado y a punto de subir al helicóptero presidencial, que lo había “hecho muy bien”. No hubo después, como suele ocurrir con sus favoritos, mensaje de felicitación en Truth.
Sigue sin estar claro por qué, tras 53 días sin nadie en el puesto, el presidente se decidió por ella con tanta prisa. Lo que sí está documentado es su inclinación a fichar según la imagen de los candidatos, hasta el punto de que existe una expresión para describirla: le gusta rodearse de gente que parezca salida de Central Casting, la agencia de reparto de Hollywood. En Regime Change (Cambio de régimen, aún sin edición en español), crónica del primer año de su segundo mandato, los autores sostienen que ese criterio pesó en los nombramientos del secretario de Defensa, Pete Hegseth, la directora Nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard, y el director de la CIA, John Ratcliffe.
Zacharia encaja en ese molde estético. Y cumple, además, otra condición que Trump valora: antes de su breve paso como portavoz del Departamento de Seguridad Nacional, se foguéo en televisión como comentarista conservadora.

